viernes 11 de abril de 2008

Filosofía

por Tito A.

Si es filósofo aquel que ama a Sofía
Yo lo soy con el alma y con los huesos;
Mas me impide mostrárselo con besos
La voluble Fortuna en su porfía:

Pues casi no acertó a pasar un día
De aquel que de su rayo caí preso,
Que estaba ya anhelando su regreso
De su tierra de eterno mediodía.

Mi amor se ha proyectado a los caminos
Corriendo enloquecido por el suelo
La sombra venerada de su vuelo;

La selva de puntillas hacia el cielo
-De mi anhelo instrumento repentino-
Se empina y rasga el aire cristalino.


domingo 30 de marzo de 2008

Una vez más

por Lore

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LA ORACIÓN

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Ayer. Dos noticias y el silencio de la catástrofe.
Y otra vez te busco para escucharte, porque si rompo el silencio, entonces no es una catástrofe. No debería pedir perdón por esto, te busco porque cuando hablo con vos hablo uno en uno... directo desde Macao, sin impostar nada, sin actuar ningún gesto, sin editar mis palabras. En la catástrofe el silencio, dice mi amigo Riux, porque no hay espacio para la retórica... no hay espacio para eso que creo hacer tan bien, pero que ella siempre aniquila en un sólo acto.

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Ayer otra vez. Vi a una amiga llorando como nunca lo hace, porque ella también es buena con la retórica.... estaba desolada. Vi a mi hermana acompañando al hombre que ama a una cirugía difícil y a esos tratamientos inhumanos. Vi a mi mamá haciendo lo mismo con el hombre que amaba. Te vi a vos, encerrado en esa habitación hecha de latidos, soñando en vigilia los sonidos de Victoria.... y me vi a mí, con un gesto blanco, como una efigie hecha de apatía vencida por el sinsentido...

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Ayer otra vez. No podía llorar, ni ayudarlos, ni consolarlos, ni amarlos... porque la apatía estaba ahí devorándolo todo. Mi retórica es poderosa, y le gano a la Cultura, a veces tan fácil, que me dan ganas de reír como un marchand cínico. Le gano ahí donde casi no le gana nadie: me río en la cara de los celos, me río en la cara de las pulsiones posesivas, como un cínico que se cree más allá del bien y del mal. Ahí gano con soltura, después de un combate, eso sí, pero de un combate fácil con final escrito en piedra.

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Pero la apatía me gana siempre, porque desde que recuerdo, no puedo poner la entropía entre paréntesis... Es una falla neurológica muy estudiada, un desequilibrio de la noradrenalina y la serotonina, los neurotrasmisores que se encargan de hacernos sentir que la vida tiene sentido... ¡qué tonto que suena dicho así!....Los psicofármacos equilibran ese desequilibrio, pero como lo hacen reduciendo la existencia a su momento físico-químico, te dejan como un zombi que no piensa nunca en la muerte, porque como ya está muerto... y no quiero eso para mi nunca más.

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Por eso en estos días recordé tanto mi infancia, porque vivía inventando cosas, ensayando recursos para poner esos pensamientos entre paréntesis. Y recordé que cuando estoy con vos, me olvido de esos pensamientos porque los paréntesis surgen en cualquiera de nuestras charlas: en las banales, en las que no tienen curso aparente, en las fragmentadas, en todas... Por eso mientras veía las fotos de la mirada saturnina, hablaba con vos.

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LA EXÉGESIS

Pensaba mientras escribía La Oración, que estas palabras no pueden despertar a Rodia. Yo se bien que despierta a Rodia... es que siempre te piden, piden tu presencia, piden tu deseo, y cuando lo obtienen quieren más, y eso que diste ya no alcanza y usan tus propias palabras para argumentar un reclamo infinito, y vos das un poco más, pero después piden más, por acción u omisión, siempre piden más....

Sé que no despierto a Rodia, porque mis palabras no se dirigen al futuro (esa dimensión que no puedo pensar con forma diferente al vacío). Mis palabras se dirigen a un tiempo mítico porque el Cosmos de Macao es arcaico. Mis palabras no son la carta en la botella que pide al Isolation Child su regreso a estas costas. Mis palabras son las que se pronuncian en un templo. Macao es politeista y tiene varios templos, y varios dioses, no muchos, pero más de uno. Esas palabras son la oración que pronuncio en tu templo.

Voy al templo, miro tu imagen, le hablo y quizás le pido algo con una oración o un ritual... soy arcaica... creo en los íconos sagrados... no son lo que nombran pero evocan lo que nombran... evocan algo que no está presente en este espacio euclidiano en el que estamos atrapados en el aquí y ahora...

También conservo reliquias, como los objetos del Isolation Child que quedaron luego de su paso por Macao. Son los objetos numinosos que dan sentido al templo entero, como si fueran las astillas del madero de la cruz...

Por todo esto se que no molesto ni despierto a Rodia. Rodia despierta cuando le dicen: "estás en deuda Rodia.. me debés... me debés mucho más de lo que estás dando..." Rodia, el pobre Rodia, despierta ahí. En Macao estas palabras no tienen lugar, porque es demasiado arcaico para comprender la lógica mercantilista. Macao nada entiende de hojas de balances, de planillas con debe y haber...

Cuando Macao ama construye templos. Cuando lo que ama se aleja de sus costas, no intenta amarrarlo, ni arroja al mar cartas en botellas. Cuando queremos estar con nuestros dioses, entramos al templo y rezamos frente a sus imágenes, o los invocamos con un ritual donde bebemos y bailamos para recordar algún momento mítico...

Estas palabras son las que estoy diciendo hoy en tu templo con forma de laberinto, mientras miro la imagen que está en el centro, donde estás liberando al ánima del que emerge un mundo hecho de sonidos...

Estas palabras no son amarras, ni botellas con mensajes de auxilio. Estás palabras son el credo que se pronuncia en un templo para estar con los que no están aquí, son las palabras que rompen la lógica del espacio euclidiano.

Y si los dioses nos visitan, y si retornan: los homenajeamos, celebramos, y somos felices... Y si se quedan en su mundo, en ese allí fuera de aquí: los homenajeamos, celebramos, y somos felices.... porque los amamos... porque son el elan vital de esta tierra y de sus costas...

domingo 10 de febrero de 2008

Se acabó el amor


A veces cuando las cosas son tan claras, sobran las palabras.
Película memorable: "Closer", se nota que es una obra de teatro llevada al cine y el texto es por momentos sublime.

Casi sobre el final, cuando la suerte parece estar más que echada y resuelta. Natalie Portman y Jude Law en la habitación de un hotel. Los dos tirados en la cama. Ella, la completa felicidad, hablan, él le dice que la corresponde, que parece que quisiera decírselo con todo el cuerpo, pero no, algo no anda bien. Se levanta, va hacia la ventana, abre las cortinas de par en par, se queda un rato y sale de la habitación. Mientras estaba en la habitación, ¿pensaba en ella?, ¿pensaba en él y su destino?, ¿es éste el destino que elige para él? No está seguro de nada, camina con su piloto por el pasillo, va a tomar el ascensor, se mira en el espejo, se reconoce, se repudia con la mirada, ¿se odiará por lo que le está haciendo?, ¿tanto miedo tiene a quedarse solo?, ¿y quedarse sin ella no es también quedarse solo? Se cierra la puerta del ascensor. Vuelve, como llamado. Abre la puerta, se acerca a la cama y le extiende de su mano una rosa a ella, que no es ella, sino más bien otra. Y ella que sabe muy bien que no es ella, porque se da cuenta en ese preciso instante y nada más a tiempo ni nada más justo que la verdad. Entonces ella, que ahora esta plenamente segura que no es ella, le dice:

Natalie Portman: - I don't love you any more.
Jude Law: - Since when?
NP: - Now, just now.
NP: - I don't want to lie. Here is the truth, it's over.
JL: - It doesn't matter. I love you. Nothing matters.
NP: - Too late.
NP: - I don't love you any more. Good bye. Here is the truth, so now you can hate me.


A veces me gustaría quedarme sin palabras, darme cuenta y quedarme sin palabras para explicártelo, para decírtelo y guardármelo, atesorar el momento, ponerme en marcha y seguir caminando.

domingo 3 de febrero de 2008

Dadme! Oh, cavilante malevo,

por Valeria Tentoni

Dadme! Oh, cavilante malevo,
Tus salivales impúdicos,
Tus gestos sonoros y turbulentos.

¡Tu dentadura de hielo,
Tus susurros belísonos,
Tu mano exploradora!

Tu cuerpo extraño en este cuerpo,
Dadme el placer de tu dulce placebo.
Convídame acaso un trozo de tu eternidad,
Un simple relato añejo,
De cómo por entonces solías amar a otras.


¡Haz gemir a todos mis nervios!
¡Despójame de inciensos y perfumes,
Imprégnalo todo de sudor de tiento!

Hazme cruza de anacrónicas sirenas,
Con sedientas burbujas de mar.
Corrompe mi materialidad humana;
¡Hazme líquida!


Aduéñate de mis piernas,
Desármalas en colorido abanico,
Juega con ellas y sus articulaciones
Mientras el silencio se oscurece en un alarido.

Detente a mitad de camino
Y regocíjate en mi deseo:
Yo te doy permiso.


Reanuda los lazos,
Desparramando mis cabellos en tus sábanas de rocío.
Haz que el fuego desdibuje mi pubis caoba.
Que la velocidad arrase con los pudores.
¡Hazme viento!


Dadme la tibieza de ese roce intermitente
Arañando las entrañas desde la piel tus uñas.
Describe el camino a mi exilio
Con todas tus humedades.


Luego, tan sólo no me abandones.
Hazme niña, y acúname en tu hombría.
Aguarda a mi sueño como se espera al alba,
Con los ojos abiertos.
Mañana ya podrás devolverme al camino.


Todo esto,
Hombrecito,
No te lo ruego.
Tan sólo te lo ordeno.

domingo 27 de enero de 2008

Reiteraciones trágicas acerca del amor

por Paula Oyarzábal


Eran las tres de la mañana, no podía dormir, daba vueltas en la cama como si una palabra, una pregunta, un razonamiento inconcluso tampoco pudiera dormir. Me desperté y preparé café, me senté frente a la ventana para mirar el río. Había hablado de amor toda la tarde. La conversación oscilaba cruda por la habitación, el amor y yo, y los dos sin ninguna palabra. Caímos en huecos de un pasado lleno de luces esplendentes, cegadoras y también caíamos en mortales comentarios inicuos. Infatigables las palabras aturdían. Las posiciones fetales de nuestros cuerpos y algunas lágrimas tibias y desbordadas, narraban parte del drama. Me quedé sumida en el recuerdo de la película que para esta tarde, ya había pasado más de un año en que había sido, la primera vez, en que supe cómo rodaba una lágrima. Una sola lágrima por la mejilla del amor. La balada de Jack y Rose – de Rebbeca Miller- En donde para Rose hay un solo hombre en su vida. Con él pasa los mejores momentos de su existencia. Con él hace sus sueños, teje proyectos, ignorando por completo (y no porque se lo hayan ocultado) que ese hombre, que le enseño a vivir suelta en la naturaleza, finalmente, era su padre. Ella vive y habita junto a él. Al parecer es condición de la mujer hallar un padre amoroso, que sepa proteger, amar y desvirgar el registro de nuestro cuerpo. Un padre histórico, que cumpla con las funciones amorosas, vive indudablemente en toda mujer y en algún momento de su existencia, esa afanosa admiración hacia los poderes masculinos, revelados en la mano y en la voz de "papá"; preexiste a esa penuria de amor y de tragedia. El deseo de franquear la barrera de la paternidad, para acunar los sueños carnales, en esa piel que promete certezas de amor eterno. El amor de un padre, son como cosquillas en el vientre de un niño. Un juego de Lolita, una Lolita que a través de su padre haría - en algún caso- más dichosa y poética su existencia. "Si te morís, yo me muero", dice Rose. "Si te morís, no habrá sentido en mi vida", responde Jack. Y así estába nuestra lucha de amor y amor. Madres y padres corrían en algún incómodo lugar, en nuestros pensamientos. Nos pasamos toda la tarde, buscándola - a la vida-, a través de algún sentido. Caminamos inconcientes en nuestros pasados, fantasmas desnudos, como nosotros, caían y se metían en nuestros cuerpos. Habíamos oscurecido y envejecido pavorosamente. Para cuando quise darme cuenta, ya comenzaba el amanecer a despertar y pronto otra vez la tarde se haría allí. E imagine que era la hora entre la mañana y la tarde, en que Rose -princesita de hippie- saldría a cultivar flores en su jardín. En ese jardín ocupa su tiempo y comulga con sus deseos de niña. El jardín de Rose, de flores alegres e inteligencia exquisita, me extravió esa mañana en el fondo del mar. Allí dónde habita la Vallisnería, que según se describe en el libro - La inteligencia de las flores- de Maurice Maeterlinck- es una hierba bastante insignificante, que no tiene nada de gracia y toda su existencia transcurre en el fondo del agua. En una especie de semisueño, hasta la hora nupcial en la que aspira a una vida nueva. Entonces la flor hembra, desarrolla lentamente un espiral, sube y emerge, para dominar y se abre en la superficie de su estanque. Y de un tronco vecino, las flores masculinas que la vislumbran a través del agua iluminada por el sol, se elevan a su vez, llenas de esperanza, hacia la que se balancea, la espera y la llama a un mundo mágico. Pero a medio camino se sienten bruscamente retenidas; por su tallo, manantial de su vida, es demasiado corto; no alcanzarán jamás, la mansión de la luz. La única en que pueda realizarse la unión de los estambres y el pistilo.
Nuestro propio drama en esta tierra es el amor de un hombre o de un padre, el amor de un poeta o un loco, - el amor - puede ser de mil maneras pero siempre, para que el amor se cumpla, debe ser de tallo corto, de alcance fugaz o transitorio, saber de ante mano, que estamos frente a un amor -imposible de felicidad plena-, un amor al que le sobran razones para no hacerse realidad, salvo, bajo el cincha de la orfandad.

sábado 19 de enero de 2008

La música rota

1


En las noches de invierno, primero,
ese brillo de la expectativa: la
especulación; después la escalera
en
la Facultad de Ciencias
Sociales sobre la calle Marcelo Té,
los ojos verdes que estampan la tela
de suave nocturnado, y zambar
el beso en Plaza Houssay, el viaje
a Ushuaia con objetos, el consoliente azul
junto al Lago Argentino en el Parque
Nacional, y alcanzarte en el paseo, pero breve,
trágicos los episodios entintados, pero de amor
la convivencia supura en Haedo,
es grito feroz y es final: el timbre
arrebata y plasma, encuentra vocecita
el flete que a ella exige con sus cosas, y yo,
hermano de mi cuerpo junto al matinal,
no puedo tolerar la gente desesperada que grita
(por mi boca)
y escapo Juan famélico a la música,
lejos del departamento horizontal y los cerastas
vecinos, de las propétides chismosas,
de los jueces de la panadería,
del taller, del kioskito, golpeando con los pies
cada segundo un segundo final en la corrida
por la calle que se rompe como la caja
de la guitarra (regalo de ella)
adentro de la caja del flete en movimiento.


(poema completo)

sábado 12 de enero de 2008

Quiero emborracharte en Temple Bar


De una, así como para arrancar, se me ocurre lo mismo que al amigo Norton cuando se pregunta qué carajo es el amor. Pero inmediatamente me apresuro a cuestionar: a quién carajo le importa saber qué carajo es el amor. Y corrijo: para qué carajo servirá saber de qué carajo hablamos cuando hablamos de amor. O mejor aún: a alguien le importa un carajo el amor y sus significados. ¿Será que con amar no alcanza? Y, así, en tren de carajear, me envalentono y escribo: quién carajo me mandó a aceptar esta invitación para hablar de qué hablamos cuando hablamos de amor.

Quizá uno se empecina en amar sólo para tener algo qué decir cuando alguien pregunta de qué hablamos cuando hablamos de amor.

O tal vez, de tanto hablar de qué hablamos cuando hablamos de amor, así, de distraídos nomás, se nos dé por amar.

A veces pienso que el amor es muy parecido a lo que le pasó a mi amiga, la que vive en Barcelona. A ella, argentina muy especial, como todas las amigas dignas de ser citadas en un texto sobre disquisiciones del hablar y del amor, se le dio por aprender a bailar tango con un profesor holandés en una milonga catalana…

Sin peros, que cada uno aprende tango donde le da la gana.

Lo cierto es que en una clase le tocó hacer pareja con el gigante, un tipo grandote con la barriga llena de cerveza, los tiradores estallando sobre su camisa siempre un poco entornada, y la barba pinchuda. Si algo había repetido hasta el cansancio mi amiga es que nunca dejaría que una barba pinchuda la pinche. Pero como siempre ella hace todo lo contrario de lo que dice, aunque no le pareció gran cosa —si bien, grande era todo él—, aceptó compartir unos pasos. Tras la experiencia me contó exultante: “En la vida sentí algo tan maravilloso: era como un papá Noel enorme que me abrazaba. Durante los tres minutos que duró esa pieza pensé que nada malo podía sucederme nunca jamás”.

Algo así como el amor debe ser eso que no termina de suceder y nadie comprende por qué, pero pasa un segundo antes o tres segundos después del instante indicado. Generalmente le sigue un suspiro de cualquiera que anda por ahí sin pensar nunca por qué.

También es posible que se esconda- el amor, claro- detrás de algunos hombres recios a los que pronunciar frases como “Te quiero”, “Te amo”, “Te necesito”, o cualquiera de sus articulaciones, les provoca urticaria. Son esos que cuando confesás “Te amo”, responden: “Cada vez que me decís eso – ¡eso!, como si fuera un insulto- siento que me estás apuntando con un revólver”. Pero una insiste las veces que quiere con la convicción de que el arma no está cargada y que, si por azar, una flecha se escapara, jamás rozaría el corazón del apuntado. Sin embargo, pasa el tiempo y la misma “una”, ya no contenta con las afirmaciones propias, necesita respuestas, por lo tanto pregunta: “¿Vos me querés?” solo para que él rezongue: “Dejá de apuntarme, por favor”.

Entonces, ella, la “una” de siempre, se adapta a las circunstancias y toda vez que le dice, generalmente al mismo tipo, “te amo” espera ansiosamente que éste le responda: “no me apuntes” porque ya sabe que cuando él suplica que no dispare, le está ronroneando al oído: “Yo también”.

Otra opción posible puede perderse en el condicional: esas cosas maravillosas que harían si, acabarían cuando, le contaría si… Los puntos suspensivos, estoy persuadida, conspiran contra el amor: “Hola, Carola. Soy yo otra vez. Solo para decirte que Dublín está soleada, que me encantaría pasearla contigo, emborracharte en Temple Bar y besarte bajo las arcadas del Trinity…”. Una porquería que nunca le pasará, ni con el que suscribe, ni con nadie, aunque en tanto la idea permanece en el, llamémosle, espíritu de la receptora condicionada, lo que circula por ahí, si no es amor, le pega en el poste (o en alguna columna del college dublinense), no importa que en el puto presente no condicional la que se emborrache en Temple Bar sea otra.

Ahora bien, llegado un punto, éste en el que los caracteres se acaban y el tiempo es tirano, lo más probable es que hablar de amor sea más fácil que disponerse a amar y por eso preferimos estar aquí, escribiendo sobre lo que, tengo la sensación, es imposible escribir.

lunes 7 de enero de 2008

DECIR

por Marcos


Supongo que
comprendo porque ya estoy afuera, porque estamos afuera (hay un adentro que es el deslumbramiento, la sonrisa en silencio o decir cualquier cosa, la mano perdida en la espalda; hay un afuera que es entender y ya no decir nada: besar el desencanto). Pero el pasaje no es inmediato, sino que se da en etapas, lo que hay para decir se reduce con los días: la espontaneidad cae, se bloquea la alucinación, las palabras, cuidados, placeres. Es el revés del inicio. La conversación como un flujo intenso que daba vueltas, te apuraba, volvía, te apretaba allí donde dabas respuestas nuevas; la charla acorralaba, abrazaba, se retorcía anticipando la piel y el roce tibio.

El diálogo era una forma de comprobación, un tanteo lujoso, una verificación que giraba alrededor de un tironeo sugestivo. Una forma de apuesta sobre una mesa invisible, una invitación a que las frases, puntas de lanza de la aproximación, dejen lugar paulatinamente a intermitencias físicas: las manos, los hombros, el pelo, la boca. Estar bien era una proyección sencilla del uno sobre el otro, pero siempre medida, cautelosa (¿Narcisismo cobarde?). Ahora, estar afuera (mal) es tener la almohada rellena de vos, morder el borde de los días y dejarle las marcas de los dientes, fingir que no sé en qué andas, ahogarse en poemas-terapias, catarsis bastante torpe.

¿Qué te iba a decir?... Eso es lo que digo cuando no hay nada que decir, largaste sin rodeos ni más aclaraciones. Lo comprendo, estoy tranquilo, nada que decir, lo entiendo, no hay pánico, no, ni desesperación que una mi destino a los desterrados y vejados por la historia de la humanidad. (¡Estoy perdido, completamente, lo se!). Es muy simple supongo, cuando ya no hay nada que decir, cuando la marea baja, sale a relucir lo áspero de la piel: despojos, trenes descarrilados, desperdicios, malentendidos, sangre. La basura de la relación, si hay tal cosa, ahora se vuelve visible y lastima la vista verla flotar en la costa.

lunes 31 de diciembre de 2007

AMOR SIN RESPUESTA

El otro día, compartiendo una charla de café con una amiga, se coló entre quehaceres domésticos, tal vez porque así lo entendamos, el tema del “amor”.

Hasta los cuarenta años (no tengo muchos más ahora) creí que lo que verdaderamente regía el amor entre los seres humanos era pura retórica sentimental. Casi casi como si el amor fuera una cuestión social. Es que siempre me fue difícil contestar a la pregunta ¿vos me amas? No por quién la formulaba, sino porque siempre me daban ganas de repreguntar:

¿qué es el amor?

A veces lo hacía.

Tal vez porque me gusta escribir y practicar el arte de la contemplación, es que este año me vino a la cabeza el tema del amor. No podía estar ausente. Energía universal comparable con el “poder”, con algunas diferencias, claro. El poder tiene en su génesis la posibilidad de corromper.

¿El amor no? – me pregunté enseguida

Tal vez no necesariamente en un sentido negativo, tiene hasta la posibilidad de corromper un cuerpo.

En su momento no me había dado cuenta de por qué relacioné amor-poder. Hasta que hoy, leyendo un reportaje que le hicieron a Laiseca a raíz de su “Manual sadomasoporno” recientemente publicado, reparé en este pasaje: “…pero las verdaderas relaciones de poder en el amor empiezan cuando se termina el amor. Porque antes es una relación de juego. Yo simulo que mando sobre vos, vos simulas que mandás sobre mí. Donde sí empieza el poder en serio es con la patada en el culo”

Me atrevo a pensar en el amor como esas fuentes energéticas de las que se nutre el hombre, de las que saca fuerzas para la vida. Para el caso, y esto parece sacado de un manual de autoayuda, podríamos hablar de una fuente de efluentes positivos. Que luego el hombre transforma en lo que se le canta: pareja, sexo, palabras, goce, placer. Y también con esa capacidad de desperdiciar que tenemos los humanos en: religión, mentiras, apariencias, traiciones, y porqué no en defraudaciones y estafas.

Todo por amor ¿Sufrimos por amor? ¿No estaremos sufriendo por vanidad? ¿Y es que con él no hemos hecho lo correcto? En ese caso ¿No estamos jodiendo demasiado con el libre albedrío? (la voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito, antojo o capricho).

¿Es que somos tan omnipotentes que, como reducidores de cabezas, lo llevamos a su mínima expresión? Y decimos: te amo porque me hacés sentir, te amo porque te extraño, te amo porque estás a mi lado, te amo porque me ayudas a vivir, te amo porque al lado tuyo mi cuerpo vibra. Otorgándole a quién tenemos adelante sólo la capacidad de ser objeto de nuestro deseo, que puede esfumarse en el preciso momento en que se nos vuelva una imagen habitual, doméstica.

¿Qué es el amor? ¿De dónde proviene? ¿Adónde está? ¿Será él quién se alimenta de nuestros cuerpos, y nos va pasando de uno en uno, uniéndonos hasta reproducirnos y así volver a unirnos más adelante?

Amores que enlistamos los humanos: amor a los padres, amor a los hermanos, amor a los amigos, a las parejas, a los amantes, amor propio, amor a los demás, amor a los objetos, amor a la naturaleza, amor a los seres, amor a las artes.

Onetti, en su cuento “El pozo” menciona, en relación a otro tema: “…es como una obra de arte. Hay solamente un plano donde puede ser entendida”

El amor en esencia ¿tiene un solo plano en donde puede ser entendido?

Siento amor (?) por la literatura; las bibliotecas y librerías son mis templos, los escritores curitas sanadores algunos, curitas violadores otros. Al fin como en cualquier religión, concurrí allí en búsqueda de respuestas. Ya he encontrado algunos libros con pistas, sólo eso. Sólo certezas que me llevan a más y más preguntas.

Aquel día, me despedí de mi amiga y cuando iba en la moto por la Avenida Corrientes, me acordé de un libro de física cuántica que decía que una mesa no es una mesa; mesa es como denominamos los humanos a ese objeto (que es la forma que toma una conjunción de átomos). Frené en el semáforo y me pregunté: ¿Qué carajo es el amor?


viernes 21 de diciembre de 2007

cita

--Iba a contarles algo --empezó Mel--. Bueno, iba a demostrar algo. Verán: sucedió hace unos meses, pero sigue sucendiendo en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, Raymond Carver